Emociones negativas: cómo gestionarlas

No cabe duda de que si hay algo que los padres y madres intentan evitar a toda cosa es el sufrimiento de sus hijos e hijas. Su preocupación es constante desde los primeros momentos del embarazo y los posteriores al nacimiento: “¿Estará bien? ¿Tendrá frío? ¿Calor? ¿Llorará porque tiene hambre?”.

Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, resulta inevitable que exista cierto nivel de disconformidad y angustia a medida que vamos creciendo: los “mayores” lo sabemos bien. Es imposible pasar un solo día en el que todo vaya “sobre ruedas” todo el tiempo: nos sentiremos preocupados o enfadados ante un mal gesto o una mala contestación de alguien, decepcionados con nosotros mismos si algo no nos sale como esperábamos o tristes al escuchar una determinada noticia. ¿Tienen las emociones negativas algún aspecto positivo? Las emociones existen porque tienen una función, sirven para algo. De hecho, el que podamos sentir alegría o tristeza resulta fundamental para nuestra supervivencia como especie, ya que las emociones nos ayudan a tomar decisiones.

En qué consiste en realidad un sentimiento

Además, las emociones resultan fundamentales para la comunicación, ya que normalmente, tienen un efecto sobre el otro. Si sentimos angustia o tristeza[1], normalmente esperamos que otro nos calme, que se acerque a nosotros, que nos pregunte qué nos pasa o si puede hacer algo para ayudarnos. Esto lo podemos entender desde cuando un niño llora y acude a su madre o padre, o cuando un adulto con una crisis de ansiedad acude a un servicio de urgencias: en ambos casos se espera que haya un otro que contenga y calme.

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Dejad que se equivoquen

Interesante artículo escrito por Pilar Guembe y Carlos Goñi en Aceprensa. Dirigido a padres:

Este es el mensaje que nos trasmite la profesora y escritora Jessica Lahey en un reciente artículo (The Atlantic): dejad que vuestros hijos se equivoquen, no los amparéis en exceso, no practiquéis el overparenting, el hipercontrol, el proteccionismo. “Los niños cometen errores –dice– y, cuando los cometen, es vital que los padres recuerden que los beneficios educativos de sus consecuencias son un regalo, no una negligencia en el cumplimiento de su deber. Año tras año, mis “mejores” estudiantes –los que son más felices y que alcanzan el éxito en sus vidas– son aquellos a los que se les permitió equivocarse, se les responsabilizó de sus tropiezos y se les retó a ser la mejor persona que podían llegar a ser a pesar de sus errores”.

Los padres sobreprotectores, los que no dejan que sus hijos se equivoquen, no permiten que brote de ellos el ser que llevan dentro, no les dejan madurar, les atan las alas. Lahey desgrana algunas formas de actuar de ese tipo de padres, como justificar siempre al hijo (para ello son capaces de buscar o inventar cualquier excusa), tomarse su percepción de la realidad como si fuera la verdad o llegar a mentir por ellos.

Por supuesto, esta actitud es un intento equivocado de hacer que nuestro hijo mejore, pues lo que estamos haciendo, por el contrario, es arruinar su confianza y socavar su autonomía. En el fondo, los padres proteccionistas creen que sus hijos son incapaces; se exigen a sí mismos, pero no saben exigirles a ellos; atienden a sus caprichos, no a sus necesidades reales, a su presente, no a su futuro; demandan resultados a la escuela, no a sus hijos; no les dan la opción de equivocarse y de solucionar sus propios problemas; les niegan la oportunidad de aprender a asumir sus responsabilidades y las consecuencias naturales de sus acciones; no dejan, en fin, que su hijo aprenda y madure.

Para darle la vuelta a esta actitud, a esta manera de actuar tan poco eficiente, debemos entender la educación como un forma de proteger sin ser proteccionistas, de velar un proceso de crecimiento en el que nuestra acción no lo ahogue, sino que lo permita, para que ese viaje a la madurez que emprenden nuestros hijos desde que nacen no se vea truncado.

Mejor, quizá, explicarlo con un cuento que narra Álex Rovira en su libro La Buena Vida:

A un rey le regalaron dos hermosos halcones, que entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Enseguida, uno de ellos aprendió y comenzó a cazar. El otro, sin embargo, se apoltronó en un árbol y no se movía para nada de allí, incluso tenían que llevarle la comida. Muchos intentaron motivarle para que alzara el vuelo, pero el hermoso halcón, aunque era fuerte como su hermano, no se movía de aquella rama. El rey mandó anunciar por todo su reino que aquel que consiguiera que su halcón volara sería bien recompensado. Pasaron muchos expertos por el patio del castillo, pero nadie consiguió hacer volar a aquella ave rapaz. Un día, cuando el rey despertó, vio desde su balcón a los dos halcones revolotear. Convocó inmediatamente al maestro de cetrería: “¿Quién ha conseguido hacer volar a mi halcón?”, le dijo. El maestro le presentó a un humilde leñador, a quien el rey preguntó con ansiedad cómo había conseguido que el pájaro alzara el vuelo. El leñador respondió con timidez: “Yo solo le corté la rama”.

Para que los hijos vuelen, tenemos que ser capaces de cortar la rama y dejar que se equivoquen.

«Eras el más listo y fuerte del mundo, pero ya no»

Desde el Apa del Colegio Retamar queremos compartir un artículo interesante del periódico ABC sobre los piropos a nuestros hijos.

«Eres el más listo del mundo», «no hay nadie tan guapo como tú», «eres el más fuerte», «nunca he visto a nadie que juegue mejor al fútbol»… ¿Quién no ha dicho alguna vez frases como estas a sus hijos? Normalmente estas reacciones se producen como resultado del orgullo que nos produce ver los logros de nuestros pequeños y, por otra parte, para animarle, motivarle y hacer que su autoestima crezca. Pero, ¡cuidado! Estos elogios deben tener fecha de caducidad.

Lógicamente el niño se siente encantado de escuchar que es el mejor. Su autoestima crece como la espuma, pero si esta actitud la mantenemos los padres más de lo debido, es muy probable que el niño se sienta por encima de los demás, y se convierta en un ser arrogante y narcisista en un futuro no muy lejano.

A partir de los 5 ó 6 años hay que desmontar el «yo grandioso» de los niños

Según Teresa Rosillo, psicóloga infantil y socia de Pericial Psicológica, sobre los cinco o seis años, en función de la maduración del menor, se debe ir poco a poco, evitando este tipo de comentarios para desmontar el «yo grandioso». Además, no hay que olvidar que se irá dando cuenta de que no es verdad que sea el mejor en todo «por lo que hay que hacerle ver la realidad, a través de la observación, la palabra y los juegos: “mira cómo corre tu amiguito; el es muy rápido, ¿verdad?”, “no importa que hoy no hayas ganado al parchís, no se puede ganar siempre, otro día seguro que ganas tú”. Siempre hay que hablarle de forma amistosa y estar dispuesto a calmarle si insiste en que él es el mejor, o se niega a perder en un juego. Hay que hacerle entender que se puede ser el segundo,el tercero…, o no estar entre los primeros».

Cuando muestre su enfado hay que dejar que se exprese y manifieste toda su rabia y así podremos aprovehar para evaluar su conducta globalmente y mostrarle sus fallos, pero también sus aciertos. «Por el contrario —explica Teresa Rosillo—, si le decimos que todo en él es magnífico, en el momento que tenga un fallo, y descubra que no es perfecto, se sentirá muy mal y se criticará sin límites».

No obstante, los padres son un modelo a seguir y si el padre se muestra como un narcisista, el hijo tiene muchas probabilidades de serlo también. Es una actitud más constructiva la que muestran aquellos padres que muestran sus errores, que las cosas cuestan y que equivocarse sirve para aprender a no equivocarse.

Los niños narcisitas o con una autoestima muy elevada y, por tanto nada sana, se considerarán por encima del resto de compañeros. Si no lo es necesitará llamar la atención, de cualquier manera, para conseguirlo. Son, además, incapaces de ponerse en el lugar del otro, piensan que todo lo que se dice es en relación a ellos, están todo el tiempo preocupados para que nadie vea que comete un fallo, muestran una autoestima exagerada —«pues yo», «pues a mí»…—, lo que, en muchas ocasiones, provoca el rechazo de los demás a estar con ellos.

Autoestima alta, pero sana

Por eso, depende mucho de los padres, que los hijos tengan unaautoestima elevada, pero sana. «Un niño con la autoestima alta será una persona asertiva —asegura Mónica Manrique, psicoterapeuta, formadora y divulgadora—. Buscará la manera de cooperar en lugar de competir para encontrar la forma de conseguir sus objetivos sin dejarse llevar por las emociones del momento, es capaz de expresar de forma clara y concreta sus deseos o necesidades siendo siempre respetuoso con los demás. Y también sabe empatizar (ponerse en el lugar del otro), hacer críticas sin ofender y también recibirlas, decir no, afrontar la hostilidad del otro sin “entrar al trapo”, y ser capaz de identificar sus emociones y expresarlas. También podríamos decir que se trata de una persona con inteligencia emocional».

En consecuencia, las personas asertivas tienen una alta autoestima, suelen conseguir sus objetivos y resuelven conflictos de manera adecuada. Por otro lado, resultan atractivos a los demás y consiguen tener y mantener relaciones profundas y duraderas. No mostrarán una actitud altiva puesto que no entienden el mundo en términos de dominio–sumisión.

Peligros de un niño consentido

Sin apenas darse cuenta, y sin mala intención, los padres cometen el error de complacer a sus hijos en la mayoría de sus peticiones: «Mamá, quiero ver dibujos», «papá, no quiero este bocadillo de chorizo, lo quiero de queso», «hoy no me quiero bañar», «mamá, hoy tú no me das el biberón, me lo da papá»… Total, son aparentemente pequeños detalles con los que así se evita escuchar sus lloros y rabietas, y se logra una convivencia más tranquila en en hogar.

«No frustrar a nuestros hijos es malcriarlos»

Sin embargo, acceder a todas sus peticiones —aunque nos parezcan poco significativas— tiene más importancia en su desarrollo de lo que, en principio, pueda parecer. Los expertos en psicología lo tienen claro: no frustrar a nuestros hijos es malcriarlos, convertirlos en unos consentidos.

María Jesús Álava Reyes, directora del Centro de Psicología Álava Reyes, no puede entender cómo actualmente hay aún pediatras que aconsejan a los padres que den de comer y dejen dormir a sus bebés «a demanda». Asegura que, de esta manera, están acostumbrando a su hijo a que cada vez que llora los padres vayan corriendo a satisfacer sus deseos, de manera que dos adultos se convierten poco a poco en esclavos de un bebé de meses.

Demandas en aumento

No cabe duda de que negar a un hijo aquello que desea en cada momento no es de agrado para nadie. «Sin embargo, la frustración debe formar parte del aprendizaje general del niño —apunta Sergi Banús, psicólogo clínico infantil y director de psicodiagnósis.es—.Sobre todo entre los dos y cuatro años, que es la franja de edad de mayores rabietas».

Los padres deben tener en cuenta que si siempre hacen lo que el niño quiere están fomentando que en el futuro sea una persona intolerante, y no sabrá lo que es esforzarse para lograr algo.

«Contribuimos a que nuestros hijos sean adolescentes deprimidos»

Además, el nivel de demanda irá en aumento según avance en edad y «de la piruleta pasará al iPad, la moto, una semana en la nieve… Si no lo consigue, su grado de frustración será tan grande que llegará a ser agresivoporque no ha aprendido a manejar sus frustraciones ni sus emociones, y no conoce otra forma de lograr sus objetivos. Por ello, estamos contribuyendo a que nuestros hijos sean adolescentes deprimidos», apunta Sergi Banús.

Cada vez que un niño es mimado para evitarle que «sufra», «se le está condenando», matiza Cristina García, terapeuta infantil y fundadora de Edúkame. «En vez de usar su potencialidad para crecer, la usa para controlar a los adultos. Hemos de ser conscientes de que al consentir no les estamos ayudando a crecer, simplemente les damos demasiadas cosas. Lo bueno para su desarrollo es que encuentren sus propios recursos, se esfuercen en buscar alternativas, conozcan mejor sus fuerzas, miren hacia dentro de sí mismos y sepan qué pueden hacer».

«Tenerlo todo —añade Alfonso Ladrón, psicólogo clínico infantil del servicio de Psiquiatría del Hospital Clínico San Carlos— les genera además mucha ansiedad porque, en el caso de, por ejemplo, ser juguetes, no tienen tiempo suficiente para jugar con todos ellos, y se pierden ante la abundancia. La frustración es un entrenamiento imprescindible para saber desenvolverse porque para vivir en sociedad hay que saber aceptar las renuncias. Los padres deben acostumbrarles a ello poco a poco».

Aprender a reaccionar

Alfonso Ladrón reconoce que recibe en consulta a muchos padres preocupados por tener hijos consentidos. Sin embargo, algunos piensan que «para qué negarles ahora las cosas, argumentan que ya tendrán tiempo a que otros se las nieguen cuando sean mayores. Esta postura es un acto muy egoísta porque no están aportando la mejor educación a su hijo. Yo les pongo el ejemplo de las matemáticas. Según sus argumentos, para qué enseñárselas de pequeños, ya las aprenderán de mayores. Sin embargo, para aprender a dividir, primero hay que saber sumar, restar, multiplicar… Pues con la frustración ocurre lo mismo,hay que aprender a reaccionar ante ella desde bien pequeños,porque si no el día de mañana en el colegio o en su trabajo no sabrán aceptar un no por respuesta y estarán perdidos como personas».

Pero ¿cómo se trabaja la frustración para evitar unos niños malcriados?

Cuando exista un motivo de conflicto como, por ejemplo, que quiera un juguete que no le damos y provoque una gran rabieta, lo mejor es mostrarse tranquilos. «Hay que estar serenos y aguantar su berrinche y nunca intentar razonar con ellos. Si, por el contrario, nos ponemos nerviosos y le gritamos nos pondremos a su altura y tendrá la percepción de que es capaz de manipular a sus padres a su antojo», explica Sergi Banús.

«Los padres deben ser coherentes con lo que piden»

Añade que los niños aprenden de lo que ven hacer a sus padres, «por eso, también es positivo que nos vean tolerantes ante nuestras propias frustraciones». Es decir, que si hemos tenido un mal día en la oficina, no es conveniente que nos vean gritando y furiosos hablando contra el jefe, o si se nos cae un plato que montemos una escena. Hay que ser coherentes con lo que le pedimos. Si el niño ve que sus padres se alteran entrará también en esa dinámica de no aceptar cualquier contratiempo, o hacerlo de forma rabiosa.

Cuando el pequeño no acepta un no, «monta un teatro en el que busca espectadores. Si percibe que no lo consigue, dejará de actuar así. Pero si al final se sale con la suya, la próxima vez que quiera algo actuará de la misma manera o con un berrinche mayor», explica Banús.

¿Por qué no les frustramos?

«Es importante —añade Susana de Cruylles, psicóloga clínica y coordinadora del programa para padres del Hospital Universitario Príncipe de Asturias— ignorarles por completo y tener la paciencia suficiente para aguantar el enfado, la posterior pataleta y el tiempo que le cuesta al niño asumir su frustración al no conseguir lo que desea. Resulta esencial que los dos padres se muestren de acuerdo delante del niño a la hora de negarle algo y que nunca discutan las decisiones tomadas delante del pequeño. Si se muestran inseguros o contradictorios, el niño se verá reforzado en su conducta e insistirá en su intento de convencer a una de las partes».

«La falta de tiempo es el motivo por el que no frustramos a los hijos»

El motivo principal por el que no frustramos es, en primer lugar, la falta de tiempo. Por lo general, el padre y la madre trabajan y hay menos tiempo para estar con los hijos y, como compensación a este vacío —y a veces sentimiento de culpabilidad—, se les premia con aquello que piden. Además, ya que estamos poco tiempo juntos, mejor que sea en un ambiente tranquilo, por lo que es más cómodo darles aquello que quieren para que se callen. Tampoco hay que obviar que cada vez hay más padres separados o hijos que están con los abuelos y que les colman de caprichos.

En otros casos, es porque los progenitores entienden que sus hijos deben tener todo aquello que ellos no pudieron tener de pequeños.

Para no sentirse mal

Lo primero que deben pensar los padres es que, aunque nos duela negarles sus deseos, estamos trabajando para fortalecer su desarrollo como persona para que tenga un futuro mejor. Le estamos enseñando a esforzarse y ser tolerante ante un «no», lo que le ayudará muy positivamente a no bloquearse y a manejar sus emociones correctamente en sus próximas relaciones sociales, en sus estudios y, sobre todo, en su trayectoria profesional.

Los hijos observan

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Cuando pensabas que no te veía, te vi pegar mi primer dibujo al refrigerador, e inmediatamente quise pintar otro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que fuese agradable vivir, pendiente de detalles, y entendí que las pequeñas cosas son las cosas especiales de la vida.

Cuando pensabas que no te veía, te escuché pedirle a Dios y supe que existía un Dios al que le podría yo hablar y en quien confiar.

Cuando pensabas que no te veía, te vi preocuparte por tus amigos sanos y enfermos y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a otros.

Cuando pensabas que no te veía, te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a personas que no tienen nada y aprendí que aquellos que tienen algo deben compartirlo con quienes no tienen.

Cuando pensabas que no te veía, te sentí darme un beso por la noche y me sentí amado y seguro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi atender la casa y a todos los que vivimos en ella y aprendí a cuidar lo que se nos da.

Cuando pensabas que no te veía, vi como cumplías con tus responsabilidades aún cuando no te sentías bien, y aprendí que debo ser responsable cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, vi lágrimas salir de tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, y que está bien llorar.

Cuando pensabas que no te veía, vi que te importaba y quise ser todo lo que puedo llegar a ser.

Cuando pensabas que no te veía, aprendí casi todas las lecciones de la vida que necesito saber para ser una persona buena y productiva cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, te vi y quise decir:

¡Gracias por todas las cosas que vi, cuando pensabas que no te veía!

“No te preocupes porque tus hijos no te escuchan… te observan todo el día”. Madre Teresa de Calcuta

Consejos para tener un hijo inútil

Con tono de humor nos han llegado al blog del Apa 10 consejos eficaces para conseguir que tu hijo sea un verdadero inútil. Entendemos el tono en que está escrito, por tanto, no perdamos el rumbo:
  • 1.- Facilítale todo lo que puedas las cosas porque así evitarás que sufra y se canse innecesariamente.
  • 2.- Hazle la cama para que no pierda el autobús, ordénale la habitación para que aprenda a ser ordenado, y ponle siempre la comida que más le gusta para que vuelva contento del colegio a casa.
  • 3.- Dale el dinero que necesite para sus gastos. Es muy frustrante no poder comprar todo lo que uno quiere.
  • 4.- Si te pide ir a una fiesta, dile que sí independientemente de sus notas. Es traumático pensar que van a ir todos sus amigos menos él.
  • 5.- Cuando llegue a casa, déjale que se meta en su habitación, cierre la puerta, ponga la música y chatee con sus amigos mientras estudia, a esta edad es importante socializarse y además necesita comentar todas las tensiones que ha sufrido en el colegio.
  • 6.- Si te dice que un profesor le ha mirado mal y le ha puesto mala nota, llama rápidamente al colegio y pregunta por el director para que le pongan firme a  ese profesor. Los profesores ya no son lo que eran antes.
  • 7.- Cómprale el último modelo de iphone ya que si no lo tiene sus compañeros le podrían hacer bullying por ser el único que no lo tiene.
  • 8.- Mientras tú recoges la cocina, déjale que se siente en el sofá a ver la tele. Es el único momento que tiene para ver su programa favorito.
  • 9.- Si no se levanta puntual de la cama y pierde el autobús para ir al colegio, déjale que se quede un ratito disfrutando en casa y luego llévale al colegio en coche para que haga el examen. No te olvides de
    preparar la nota de justificación de que el chiquillo ha pasado una mala noche.
  • 10.- Defiéndele siempre delante de todos, y dale siempre la razón. Es importante que vaya reforzando su autoestima y ganando en seguridad.
  • Fuente: Eli Bengoetchea. www.sontushijos.org

¿Los niños? Navegantes solitarios

Artículo publicado en Familia Actual sobre el tiempo que dedican nuestros hijos al mundo virtual:

 Se les considera “nativos digitales” porque nacieron en la era digital y, a su corta edad, son expertos navegantes por Internet y las redes sociales, unos auténticos “lobos de mar” de las nuevas tecnologías. Son nuestros hijos adolescentes e, incluso, niños todavía, que viven gran parte de su tiempo online, conectados al mundo virtual y, muchas veces, desconectados del real.

Según el informe Adolescentes y Social Media: cuatro generaciones del nuevo milenio, realizado por Intermedia Consulting y promovido por la Confederación Española de Centros Educativos (CECE), el 42% de los adolescentes españoles dedica más de tres horas al día a navegar por Internet a través de redes sociales y el 72,5% tiene al menos un perfil en ellas.

El estudio, que forma parte de una campaña para reducir el uso y la exposición a la violencia en la red, pone de manifiesto que un 27% de los adolescentes reconoce que insulta a conocidos o amigos a través de las redes sociales “cuando se les provoca” y un 19% que ha amenazado a otros. La gran mayoría (un 80%) realiza un uso “pasivo” de la red y más de la mitad (55%) considera justificado el uso de la violencia para obtener sus propios fines y accede a contenidos “violentos”. El 17% de los adolescentes consume pornografía a través de la red y el 6% recibe material pornográfico de sus compañeros. Además, el 22% tiene contacto virtual con extraños.

A la vista de estos datos y otros más, el informe cataloga a los jóvenes internautas en cuatro patrones, según su comportamiento en Internet. Estos patrones o generaciones son:

  • Generación GPS. Casi el 39% de la muestra practica la interacción virtual proactiva, se expresan libremente y cuentan con una supervisión parental. Su autoestima y sus valores son altos, y el consumo de violencia, bajo.
  • Generación GTA. Representa el 31% de la muestra. Son adolescentes que consumen elevados niveles de violencia a través de los medios de comunicación. En la red se relacionan con “amistades peligrosas”, tienen un grupo de amigos, dedican poco tiempo al estudio y su tendencia al acoso escolar es elevada.
  • Generación MP3. Alrededor del 22% pertenecen a este grupo y son personas carentes de vínculos sociales consolidados, no se expresan libremente y tienen un bajo nivel de autoestima. Son usuarios ocasionales de las redes sociales y sólo acceden a ellas desde sus casas. No presentan una gran problemática, pero suelen estar aislados de su entorno.
  • Generación NN. Casi un 8% de los encuestados no ha contestado a casi ninguna de las preguntas. Por las propias respuestas que han dado se puede deducir que tienen problemas en su familia por falta de cohesión y supervisión, que su dedicación al estudio es poca y que presentan altos niveles de impulsividad.

Pero lo más alarmante es que las redes sociales se están convirtiendo, no en un pasatiempo o un producto de moda, sino en “espacios de vida cotidiana para las nuevas generaciones”, lo que provoca, aparte de un aumento de la violencia, aislamiento o problemas de inserción social, un deterioro de las relaciones familiares. Así, un 71% de los adolescentes no sabe qué piensan sus padres en materia de religión y política, al 75% de ellos no le han explicado cómo gestionar su propia afectividad y el 42% navega sin ningún tipo de control parental. El mismo tanto por ciento nunca ha visto una película con sus padres, el 73% no ha jugado nunca con ellos a videojuegos y el 60,4% no les habla sobre lo que hace en Internet.

La falta de vida familiar, da igual si causa o efecto de la inmersión en el mundo virtual, “genera ciudadanos desconectados de la sociedad”, navegantes solitarios, perdidos muchas veces en un mar embravecido, lejos de la costa y al albur de las corrientes virales. Existe una relación inversamente proporcional entre el número de horas que los adolescentes dedican a socializarse a través de Internet y su capacidad para relacionarse de forma normal y establecer lazos de amistad en el mundo offline.

La forma de que los hijos no se queden en off, de que no se conviertan en navegantes solitarios, pasa, entre otras cosas, por que los padres se involucren con los educadores (y que estos enseñen un uso activo y responsable de las tecnologías de la información), participen de las actividades organizadas por los colegios, promuevan con el ejemplo estilos de vida sostenibles (no consumistas) y ayuden a sus hijos a organizar su tiempo libre de manera positiva.

No dejemos que nuestros hijos se conviertan en navegantes solitarios.