Día de comienzo del cónclave

El martes 12, día de comienzo del cónclave, en Retamar celebramos la S. Misa (8.45, 11.00, 11.55 y 17.30) por la elección del Romano Pontífice, intención que durante estos días unificará la oración de toda la Iglesia. También las familias, en los hogares, pueden sumarse con el rezo del Santo Rosario de la Virgen María, Madre de la Iglesia y con la oración a S. José, Patrono universal de la Iglesia.

La Iglesia recomienda que, durante el período de sede vacante, “todos los pastores y los fieles, en todo el mundo, eleven a Dios fervientes oraciones para que ilumine las mentes de los Electores y les mantenga unidos para desempeñar su oficio, a fin que la elección del Romano Pontífice sea solícita, unánime y en bien de la salvación de las almas y de todo el pueblo de Dios” (Ordo rituum conclavis, 19).

Agenda del primer día de cónclave, martes 12 de marzo:
- 7:00  Traslado de los cardenales electores a Santa Marta
- 10:00 Misa “Pro eligendo Papa” en la Basílica de San Pedro
- 15:45: Traslado desde la Casa Santa Marta al Palacio Apostólico
- 16:30 De la Capilla Paulina se dirigen en procesión a la Capilla Sixtina
- 16:45 Inicio del cónclave, meditación y primer escrutinio
- 19:30 Regreso a la Casa Santa Marta
-  20:00 Cena

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Tras la  primera votación, el martes por la tarde, se espera que el humo de la fumata
salga por la chimenea entre las 19:00 y las 19:30. Previsiblemente será negra.

Vivir la Cuaresma con María

“La Cuaresma, que se inicia con el austero y significativo rito de la imposición de las cenizas, constituye un momento privilegiado para intensificar un compromiso de conversión a Cristo. El itinerario cuaresmal se convertirá, de este modo, en ocasión propicia para examinarse a sí mismos con sinceridad y verdad, para volver a poner en orden la propia vida, así como las relaciones con los demás y con Dios. «Convertíos y creed en el Evangelio» (Marcos 1, 15).
Que en este exigente camino espiritual nos apoye la Virgen, Madre de Dios. Que nos haga dóciles a la escucha de la palabra de Dios, que nos empuja a la conversión personal y a la fraterna reconciliación. Que María nos guíe hacia el encuentro con Cristo en el misterio pascual de su muerte y resurrección.” (Juan Pablo II, Ángelus 22-2-2004)

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ORACIÓN

Oh María, tú que has recorrido el camino de la cruz junto con tu Hijo, quebrantada por el dolor en tu corazón de madre, pero recordando siempre el “fiat” e íntimamente confiada en que Aquél para quien nada es imposible cumpliría sus promesas, suplica para nosotros y para los hombres de las generaciones futuras la gracia del abandono en el amor de Dios. Haz que, ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba, por dura y larga que sea, jamás dudemos de su Amor. A Jesús todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. R/.Amén.

(Oración de la cuarta estación del Via Crucis del año 2000)

 

Necesitamos la cuaresma

Si no existiera, habría que inventarla. Pero, gracias a Dios, la Cuaresma existe. Y desde el siglo II, cuando apenas duraba los cuatro días que median entre el Miércoles Santo y el Domingo de Resurrección. No tardó mucho el ayuno en multiplicarse por diez, hasta alcanzar, ya en el siglo IV, los cuarenta días, por exigencias del guión. Me refiero, claro está, al triste guión escrito con nuestros pecados, que son los que hacen necesaria la Cuaresma.

No creo escandalizar a nadie si confieso que el inicio de la Cuaresma me produce una terrible pereza. Qué le voy a hacer, en todos estos años no he logrado que me apetezcan los ayunos ni las penitencias. Sin embargo, si logro apartar de un cariñoso manotazo a ese “hombre viejo” que se hace el remolón, descubro que la Cuaresma es un tiempo repleto de esperanza. En ella late un mensaje que debería ilusionar, y mucho, al “hombre nuevo”, si no fuera porque, aplastado bajo el peso del pecado, apenas tiene oxígeno para experimentar ilusión alguna. El mensaje es que la conversión, el nuevo nacimiento, se han hecho posibles. Nada está perdido. Podemos cambiar. Podemos renacer. Podemos, sí, ser santos. La Pasión y Resurrección de Cristo han abierto una puerta que, aunque estrecha, nos muestra a todos el camino de salida. Y no ayunaríamos ni nos entregaríamos a la penitencia si no supiéramos que esa puerta sigue abierta a través de los siglos hacia la eternidad.

La conversión es el paso de la muerte a la vida, y de la mentira a la verdad. No se trata de dos movimientos distintos, sino del mismo, porque la mentira es muerte y la verdad es vida. Por ello, y con el inestimable aunque poco apetecible auxilio del ayuno y la mortificación, llamados a despejar el humo de la concupiscencia, tendremos que comenzar la Cuaresma situándonos ante nuestra propia verdad. La tarea no es nada fácil, y habrá que pedir todo el auxilio al Espíritu Santo. Conocerse a uno mismo, admitir el propio pecado, destapar la miseria que se oculta bajo el ropaje resultón con que nos hemos revestido es tarea sólo apta para valientes. Hay que levantar la seda y desnudar a la mona, que tiene pelos hasta en la espalda. Y, a ser posible, no asustarse demasiado. La pregunta clave, más allá de “qué estoy haciendo mal”, es ésta: “¿Cuál es mi defecto dominante?”. Va referida a ese pecado que, en cada persona, es origen de casi todos los demás. Cuando la pregunta se formula con sinceridad y el examen se realiza con ojos limpios, la respuesta no será del tipo “estoy rezando poco” o “estoy tratando mal a esta persona”, sino más parecida a “soy un egoísta”, “soy un soberbio”, “soy un lujurioso”, “soy un envidioso”, “estoy vendido a la pereza”… Y afrontar esa respuesta no es fácil para la autoestima. Sin embargo, sin un descubrimiento semejante, no puede haber conversión. Porque la verdadera conversión no consiste en pasar de rezar poco a rezar mucho, ni en pasar de tratar mal a una persona a tratarla mejor, sino en dejar de ser egoísta para ser generoso, en dejar de ser soberbio para ser humilde… En definitiva: no se trata de “dejar de hacer”, sino de “dejar de ser”, para ser una persona nueva.

Localizado el defecto dominante, y desmantelada la mentira que lo ocultaba ante nuestros ojos, es hora de formular propósitos de conversión y ayuno: por ejemplo, si soy egoísta, tendré que buscar las pautas que me lleven a descentrar mi vida de mí mismo y volcarla en los demás; si soy soberbio, tendré que hacer propósitos encaminados a abajarme y ceder; si soy perezoso, mis propósitos se dirigirán a adquirir diligencia… Pero, por acertados y concretos que éstos sean, no podremos cumplirlos si no recibimos la Fuerza de Dios. Por eso, en Cuaresma es necesario y urgente un plan serio de oración y sacramentos: dedicar todos los días un tiempo a la oración mental, comulgar con más frecuencia, realizar una sincera y profunda confesión sacramental… De este modo, con la ayuda de la gracia, los propósitos se irán convirtiendo en realidad, y alcanzaremos la cima de la Semana Santa envueltos en un ambiente de lucha ascética y recogimiento interior. Cuando la Semana Santa llegue, ya todo será cuestión de remansarnos en la Cruz y dejar obrar a Cristo. Él hará el resto. El tomará nuestra mano llagada junto a la suya, también llagada, y sobre sus hombros cruzaremos el umbral de la Muerte para amanecer, en Pascua, resucitados y convertidos, purificados y transformados en personas nuevas. El milagro se habrá realizado.

Definitivamente, necesitamos la Cuaresma.

Fernando Rey Ballesteros

Mensaje del Papa para la Cuaresma

El Papa, en su mensaje para la cuaresma de este año de la fe, señala que la fe y la caridad son inseparables. Merece la pena leerlo. Ciertamente la caridad es la mejor apología de la fe católica. La caridad arrastra, mueve, lleva a la fe y a la esperanza. Esta extraordinaria escena de Los Miserables lo expresa de forma muy gráfica.

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Para leer el mensaje del Papa, pincha aquí.

Una noticia desde El Vaticano

El ‘Vatican Information Service’ (VIS) es un boletín informativo de la Oficina de Prensa Santa Sede. Transmite diariamente información sobre la actividad magisterial y pastoral del Santo Padre y de la Curia Romana.

Ciudad del Vaticano, 18 marzo 2012 (VIS).-Este cuarto domingo de Cuaresma, el Papa, antes del rezo del Ángelus con los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro, ha dedicado unas palabras a la importancia de la confesión sacramental en este tiempo litúrgico, que es “un periodo para escuchar con mayor atención la voz de Dios”.

¿Por qué ayunar?

El Papa se plantea el porqué de una tradición de la cuaresma: “¿qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento?

La Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública

Mensaje del Santo Padre. Cuaresma.

«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)
Queridos hermanos y hermanas
       La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual. leer más…